¿El sexo?

Lunes, 21 enero, 2008

ALGUNOS afirman que es el órgano del placer y en un segundo término de la reproducción; ya que no es la satisfacción de engen­drar la que produce el placer, sino que es el placer de la cópula el que favorece la propaga­ción de la especie. Y afirman con vehemencia que aunque no puede darse la generación sin el placer, si que puede haber placer sin generación, y en este punto –dicen- muchas religiones se han equivocado al juzgarlo… Concluyen: si el paganismo hizo mal al otorgar adoraciones indebidas al instrumento de una de las funciones más naturales, el error del judeo-cristianismo habría consistido en considerar la en­trega carnal como algo malo, e, incluso, como el pecado por excelencia, primordial y original…
EFECTIVAMENTE, se trataría -según ellos- de poner al sexo en su lugar, se trataría de un atributo de primera importancia. Algo que precede al hombre en todos sus desplazamientos. Algo capaz de hacer brotar un enjambre de vocaciones de sexólogos, que siguiendo sus manifestaciones con un interés puramente científico, consigan volver a ponerlo en su lugar, el primero, y en despojarlo de cualquier componente moral­mente nocivo.

SIN EMBARGO, el sexo no es -de hecho- algo inofensivo.

OTROS dicen que la experiencia –que ya es muy larga- demuestra que cada vez que los hombres hemos apartado la mirada del cielo para posarla sobre la tierra, lo primero que se percibe es el sexo, del que hacen gustosos una pequeña divinidad substitutiva (en la medida en que guarda, aparentemente, el secreto de la vida y promete, a falta de eternidad, la compensación de una especie de perpetuidad biológica). Esta es la idolatría más o menos consciente más extendida en la actualidad: lo vemos en la literatura, en el cine, en la televisión… Disfrazado de sociología, de psico­análisis o de estadística…

Y como cualquier ídolo el sexo está sujeto al desgaste, y los medios de reanimarlo son los mismos en todos los períodos de decadencia moral: el cambio de pareja, el sadismo, el masoquismo o la combinación de estas dos perversiones, la violencia, la crueldad, la bisexualidad en la que el mismo sexo no sabe ya muy bien si es macho o hembra. Comenzando más tarde o más temprano la zozobra en este pantano cenagoso de la despersonalización y la degeneración.

EFECTIVAMENTE, para evitar estas situaciones, los Antiguos practicaban el pudor, no por superstición o temor religioso, sino por­que habían comprendido o adivinado lo que el mundo moderno parece ignorar: que los órganos de la vida, cuando se hace de ellos una exhibición que rompe sus lazos secretos con el corazón y con el alma, pueden también llevar a la muerte.

Cfr. El sentido de la vida

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