Frente al lago de Tiberiades

Viernes, 18 enero, 2008

Hoy comienzo una nueva categoría: “Tierra Santa”, como os prometí, en torno al viaje que recientemente he tenido la dicha de hacer con otros quince compañeros a esta tierra de Jesús. Ha sido una caricia de Dios poder ir a la tierra que Jesús santificó con sus pisadas, donde todavía se puede tocar la realidad de las huellas de Cristo. La respuesta natural ha sido y es un profundo sentimiento de agradecimiento.

Tras celebrar temprano la misa en la capilla del aeropuerto de Barajas y pasar los controles de seguridad israelíes, tomamos el avión de la empresa judía El-Al (Dios del aire) que nos dejó, tras casi 5 horas de vuelo, en el aeropuerto Ben Guriom de Tel Aviv (Monte de primavera). Ya había anochecido. Allí, nos esperaba Jorge, que nos acompañaría con su minibús en todo el viaje; un viaje con dos etapas básicas: Galilea (Tiberiades, Nazaret, lago de Genesaret, Cafarnaum, Monte Tabor…) y Jerusalén (lugares santos y Belén, Ain Karim, Betania…).

Dos horas más tarde el autobús nos dejaba en un hotel de Tiberiades a orillas del Lago que lleva su nombre. Cenamos y nos retiramos pronto para descansar y poder levantarnos muy temprano y así ver amanecer mientras hacíamos la oración frente al Lago.

Aquella mañana se presentó algo fría y nublada pero poco a poco la vista del lago y la alborada del sol lo empezó a llenar todo. El ruido del mar rompiendo cerca de la orilla, los cormoranes volando al amanecer, las gaviotas que iban y venían y la brisa fresca de la mañana nos permitía imaginar lo que el Señor vería tantos días tras permanecer la noche en oración antes de comenzar su tarea. Y ahora, allí, estábamos nosotros escuchando en nuestro interior: “Si me buscáis de todo corazón, me dejaré hallar de vosotros” (Jer 29,13s).

El Lago o Mar de Galilea presenta un aspecto muy tranquilo excepto cuando sopla viento norte, entonces puede producirse un oleaje fuerte y peligroso. Aquella mañana hacía un poco de oleaje y me recordó aquella vez en que la tormenta hizo gritar a los apóstoles: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”… Pero Jesús dormía. No es que no le importe la situación de los apóstoles es que dolores más fuertes y urgencias más amargas pesaban sobre su Corazón fatigado: los pecados de los hombres, el hambre de las almas, el desconcierto de un rebaño sin pastor… Eso preocupaba al Señor. Al fin y al cabo, nada puede una tormenta contra la claridad de un alma en gracia; los vientos y las olas, cuando se apoderan de la barca en que navega un hijo de Dios, pueden llevarla a la otra orilla del Lago o a la playa de la eternidad… Nada más. Y, en todo caso, basta con decir: “¡Silencio cállate!”, y la tempestad se amansa obediente ante la voz del Verbo. Es como si el Señor nos dijera eso que te tanto te apremia es como para preocuparse, sí… Pero hay cosas peores. No tengas miedo, que estoy contigo. Y sentí paz.

Son tantos los episodios de la vida del Señor que tuvieron como punto de referencia el Lago que resultaba muy fácil con su sola contemplación evocar la imagen de Jesús caminado por su ribera y sobre las aguas; llamando a los primeros discípulos, luego Apóstoles; haciendo muchos de sus milagros; apareciéndose a sus discípulos después de resucitar; aquí también el Verbo Divino pronunció muchas enseñanzas que nos han recogido los evangelistas. Duc in altum! –¡mar adentro!- dijo a Pedro, y éste, al ver la pesca milagrosa, dejadas todas las cosas, le siguió para siempre…

Ya era la hora de desayunar, así que fuimos de nuevo al hotel. Pronto saldríamos hacia el Monte de las Bienaventuranzas, escenario del sermón de la montaña. Pero esto lo dejaremos para el próximo viernes.

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