Holy Land

Martes, 8 enero, 2008

No se si os he contado de mi afición y dedicación al estudio de la sagrada escritura. Pues bien, resulta que llevaba tiempo (años) queriendo hacer un viaje a Israel, para conocer de primera mano lo que a base de meditar y explicar e imaginado mil veces. Y al fin, después de tanto tiempo y de un modo como dice Liz providencial, se va a hacer realidad: ¡me voy mañana con unos colegas a Israel! A aprender y a disfrutar unos días.

Esta mañana cuando se lo contaba a un sacerdote enfermo que fui a visitar al Hospital, me ha pedido que le traiga un Niño Jesús, de madera, pequeño, que se pueda tener en la mano… Conforme me lo decía, notaba como se emocionaba un poco, ha pasado toda la navidad ingresado. A ver si lo encuentro, no puedo fallarle…

Así que intentaré escribir algo desde allí, pero no se si podré, pues estaremos bastante ocupados. Creo que ha sido el regalo del año 2008. ¡Qué alegría! Ya os contaré.

Vernos desde fuera

Martes, 8 enero, 2008

El protagonista de esta anécdota es un chico de ocho años que se agitaba en llanto y rebeldía mientras su madre forcejeaba para introducirle en el autobús escolar. Con la ayuda de un discreto y políticamente incorrecto azote, finalmente lo consiguió. Una vez dentro el chico, y algo más calmado, el profesor le preguntó por el motivo de su enfado. Después de algunas evasivas, Guillermo –así se llamaba– explicó que su madre no le había comprado el calendario de chocolate que él quería, sino otro, en su opinión mucho peor. Ante su airada exigencia para que su madre fuera a cambiarlo, ella tuvo la sensatez de negarse, y ésa era la razón del enojo.
El profesor intentó hacerle ver que aquello era propio de un niño caprichoso, pero Guillermo se negaba a aceptarlo. De pronto, tuvo una inspiración: «¿Entonces…, tú quieres ser como Dudley, y que tu mamá te trate como tía Petunia?». El niño abrió mucho los ojos, se quedó callado un instante, como imaginando algo, y después su respuesta sonó alta y contundente: «¡NO! ¡Nunca!».
Cualquier lector de Harry Potter habrá entendido de inmediato la reacción de Guillermo. Nadie más repulsivo que el caprichoso primo Dudley, y nadie tan antipático como sus padres.
En los libros de Harry Potter apenas se hacen recomendaciones morales directas, pero los chicos caprichosos y mimados son desagradables, y los envidiosos y crueles resultan antipáticos y odiosos. Harry Potter y sus amigos se quieren, se respetan, estudian (más o menos), y se enfadan pero se perdonan. La numerosa familia Weasley es simpática y acogedora, y lleva las estrecheces sin demasiadas tragedias; son el contrapunto de la odiosa familia con la que Guillermo no quería tener nada que ver.
Esta anécdota es una buena muestra de cómo hay ocasiones en que lo mejor para advertir la necesidad de cambiar es ver nuestros defectos encarnados en otra persona. Esos defectos, desposeídos de la indulgencia con que los vemos en nosotros mismos, se nos hacen mucho más vivos, más ásperos, más desagradables. Contemplados con la objetividad que da ver las cosas desde fuera, nos parecen menos lógicos, menos disculpables.
Solemos estar tan acostumbrados a convivir con lo malo –pequeño o grande– de nuestro interior, que es fácil que ya no nos sorprenda demasiado. Nuestros defectos han ido naciendo de pequeñas concesiones al egoísmo, a la pereza, a la soberbia, o al vicio que sea. Al hacerse habituales esas concesiones, los defectos se consolidan, se cronifican, y poco a poco apagan nuestra sensibilidad y nuestro rechazo ante su objetiva fealdad.
Por eso la ayuda de alguien que desde fuera nos despierte de ese sueño y nos haga ver lealmente lo que no hacemos bien, es uno de los mejores signos de amistad y de cariño que existen; y la receptividad ante esa ayuda, una de las mejores muestras de inteligencia y de sensatez.
Todos tenemos una notable y aguda perspicacia ante los defectos ajenos. Se destacan ante nuestros ojos con una escandalosa claridad. Podríamos avanzar mucho si cada vez que advertimos en otra persona un defecto pensáramos si también lo tenemos nosotros, en mayor o menor grado. A Guillermo, ese ejercicio mental le fue muy bien.
Cfr. http://www.interrogantes.net
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