Sopla cansancio

Miércoles, 12 Diciembre, 2007

Is 40, 25-31; Sal 102; Mt 11, 28-30

“Él da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido (…) los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como de águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse”. Y en el evangelio: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Tanto que se habla del cambio climático y del calentamiento global, etc., que últimamente con frecuencia pienso en la existencia humana en clave de “climatología espiritual”. Y hoy, precisamente al leer estas lecturas, me ha parecido como si nuestra Madre la Iglesia estuviera situada en una especie de “observatorio meteorológico” de las almas. Y es como si nos desde su conocimiento del clima espiritual mundial, en estas fechas de mediados de diciembre percibiera el cansancio de las almas; si estamos un poco cansados. Esto puede que alivie a más de uno: efectivamente: no es él sólo quien se siente un poco débil: es que “sopla cansancio” en estas fechas; también es verdad que estamos en lo más cerrado de la noche, es decir, a puntito de llegar al solsticio de invierno.

Alguno estará pensando que efectivamente así es, pero que ya prontito llegan las vacaciones y nos levantaremos más tarde para recuperar sueño o nos iremos a Canarias a tomar el sol (que no es mi caso)… ¡A descansar el body! ¿No? Pues mira por donde no me parece a mí que se esté refiriendo a esto el Señor, pues entonces nos habría recomendado ir a algún balneario famoso de aquellos tiempos.

El descanso de que habla el Señor es mucho más reparador que todo eso: es el descanso del alma. Y me parece que muy pocos de los que se vayan estas navidades a espatarrarse al sol lo van a conocer.

El descanso de que habla el Señor, es algo misterioso, es un descanso reparador que nos rejuvenece el espíritu, porque trae el Amor de Dios que se nos da a conocer de un modo entrañable en estas fechas.

Pero se trata de un descanso que solo se alcanzará si reposamos nuestra alma sobre un yugo misterioso que él nos ofrece: “tomad mi yugo sobre vosotros (…) y encontraréis descanso para vuestras almaa”. Es difícil entender esto.

En la primera lectura de Isaías se nos prometen unas “alas de águila” si actuamos así… Y luego, en el Evangelio, se nos dice que esas alas son los brazos extendidos de Cristo en el yugo de su Cruz. ¿Cómo puede ser esto? ¡No lo entiendo Señor!

Vamos tú y yo, que estamos un poco cansados, a confiar en este remedio de la Escritura Santa y durante este Adviento nos pondremos muy pegaditos a la Cruz y a la Virgen, para que cuando llegue el Señor… Cuando llegues, Señor, entonces descansaré, porque mi Cruz la llevarás Tú, y al verte tan cerca me enamoraré más y este amor renovado me rejuvenecerá… Ya lo entendí Señor… ¡Ven, Señor, no tardes!

Que buena noticia la que nos trae la liturgia de hoy: “¡Ya llega el Señor! ¡Viene a nuestro encuentro, viene a reparar nuestras fuerzas!”.

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