Un “si” a cosas mejores
Miércoles, 5 Diciembre, 2007
Un miércoles más con nuestra meditación. Espero que os sea útil.
Is 25, 6-10a; Sal 22; Mt 15, 22-37
Estamos en Adviento. Tiempo de espera. Es como si estuviéramos en el aperitivo previo al gran banquete. En las dos lecturas de hoy se nos habla de festín. Isaías anuncia el banquete prefigurado en el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces que comenzará cuando el Señor llegue. Por cierto se trata de un banquete de bodas, de la alianza nupcial definitiva del Cordero con su Iglesia, la unión para siempre de Cristo con nuestras almas.
Porque antes de un banquete hay que procurarse cierta austeridad. Este es el espíritu de sobriedad que caracteriza a este tiempo de Adviento, distinto del espíritu penitencial del tiempo de Cuaresma, en el que el ayuno era señal del arrepentimiento por los pecados cometidos. En Adviento, sin embargo, esta sobriedad es signo de espera; es muy parecido a lo que nos decía nuestra madre cuando éramos pequeños: “aguanta, no tomes caramelos antes de la comida, que se te va a quitar el hambre”. Hace poco me invitaron a comer en Benavente, y como me imaginaba lo que me esperaba, preferí llegar con hambre al convite, para poder disfrutar mejor, tanto de la grata compañía, como de las delicias de la mesa.
Así entendemos mejor que la mortificación de los sentidos, la austeridad y la sobriedad, que todos estamos llamados a prácticas, no es una forma de negatividad de lo bueno, ni un modo de amargarse la vida los cristianos. Quien piense así, quien crea que se trata de decir “no” a las satisfacciones sensibles por el mero hecho de decir “no”, ese nunca será feliz porque en el fondo es un reprimido.
Nosotros, los cristianos, nos privamos de cosas buenas porque tenemos delante un enorme “SI A COSAS MEJORES”. La mortificación viene a ser casi como una necesidad, como algo de sentido común (y de sentido sobrenatural); si no “comemos entre horas” es porque estamos “abriendo el apetito” para cuando llegue el gran festín; es porque preferimos llegar con hambre al banquete del Reino y así poder “cargar más” y disfrutar más plenamente en él: allí nos saciaremos con la maravillosa compañía de Dios anfitrión.
Mi amigo Fernando dice que “los banquetes se distinguen por sus aperitivos. Si te invitan a un banquete de bodas, y en el “coctail” te sirven mortadela… mal asunto. Yo me emociono mucho cuando veo, en las bandejas esas a las que uno nunca acaba de llegar, gambas con gabardina, porque detrás siempre va el solomillo”.
La Eucaristía, es el “divino aperitivo”. Madre mía Inmaculada: ¿cómo será el banquete si el aperitivo es Pan del Cielo? Aún esta por venir lo mejor, hoy clamamos con la Iglesia: “¡Ven, Señor Jesús!… que ya casi es la hora, y tenemos mucha hambre.”


