Fe (pero agradecida)

Miércoles, 14 noviembre, 2007

Esta es la meditación de este miércoles. Sab 6, 1-11; Sal 81; Lc 17, 11-1.

Bajo el término “lepra” en la Biblia se reúnen, además de la lepra propiamente dicha, otras afecciones cutáneas particularmente contagiosas. Para los judíos, la lepra, era la enfermedad por excelencia del pecador. Al leproso se le obligaba a vestir con ropas desagarradas, cabelleras sueltas, barba rapada; no se le permitía habitar en ciudades amuralladas aunque si en las proximidades de las aldeas; todo lo que tocaban quedaba impuro, por lo que debían anunciar su presencia desde lejos; se les permitía asistir a la sinagoga aunque ritualmente eran “impuros” y solo si se curaban, y tras mostrarse a los sacerdotes y recibir el alta, volvían a reconciliarse con la comunidad. En fin, todo un panorama.

Pues bien, hoy nos cuenta el Evangelio que diez de estos leprosos se presentaron ante el Señor, y tras recibir la indicación de ir a mostrarse a los sacerdotes, ellos confiaron en que quedarían sanos antes de llegar a su destino, como así ocurrió. Aquellos hombres tuvieron confianza en el Señor, creyeron, tuvieron fe en que quedarían sanos.

“Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias

Pero sólo uno de aquellos diez leprosos que habían visto blanquear sus carnes gracias a Jesús volvió gozoso para darle gracias. ¿Qué diferencia hay entre la fe de aquellos nueve y la fe de este samaritano? El Señor nos lo dice:

“Jesús tomó la palabra y dijo: -«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? » Y le dijo: -«Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»”

Tu fe te ha salvado”: La fe del samaritano es la que salva, a diferencia de la fe de los otros nueve que tan solo sana. ¿Y cómo es esta fe salvadora? Es una fe agradecida. Esta es la diferencia.

Los otros nueve continuaron su vida quizás más enfermos aún de lo que estaban antes, pues abrieron su corazón a la peor de las infecciones: la soberbia que engendra el desagradecimiento, la falta de reconocimiento de los bienes recibidos… Y se quedaron solos; solos con su salud, pero sin Dios.

Los dones de Dios son llamadas enamoradas que pretenden empezar un diálogo de amor, y en este diálogo amoroso está precisamente la salvación. No nos salvará el haber recibido dones… Nos salvará el haber respondido con amor a esos regalos, muchos o pocos, espirituales o materiales, que continuamente nos llegan de Dios.

Por eso, ser agradecidos con Dios no es una cuestión de mera educación; es cuestión de Vida o muerte. Madre que aprenda de tu Magnificat a vivir esa fe agradecida del leprosito para que pueda ya aquí (y luego eternamente en el Cielo) decir: Te alabamos, Te bendecimos, Te adoramos, Te glorificamos, Te damos gracias: por Tu inmensa gloria.

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