Un poco tarde pero aquí va la meditación de este miércoles. No quería dejar pasar el día sin escribirla. Rom 13, 8-10; Sal 111; Lc 14, 25-33

“El mejor libro de autoayuda de todos los tiempos”, así se auto titula un libro que, frente a la moda de la filosofía oriental, el yoga y los libros de “desarrollo personal”, ha recurrido a las enseñanzas de los Evangelios para encontrar la clave del éxito. El autor tras constatar que muchos hombres de éxito, con fortuna económica y bienestar material, con la vida resuelta, sin embargo nadan en un pozo de insatisfacción, nos descubre que el éxito verdadero es más bien el camino que emprendemos hacia la felicidad el cual está relacionado con el desarrollo de nuestras capacidades y la adquisición paulatina de las virtudes. Es el camino, en definitiva, que propone Jesús. En el libro se repasan en total 18 leyes o normas para lograr el éxito, desde aquellas que indican cómo vencer las preocupaciones cotidianas hasta las que convencen al lector del valor del esfuerzo, la perseverancia o el compromiso, todas ellas sacadas de la lectura atenta de los textos evangélicos. Un camino ciertamente incomodo.

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone (…) e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío».

En un tiempo como el nuestro este planteamiento del Señor resulta ciertamente intrépido… Pero es que habría que gritar a muchos cristianos que como dice Fernando, un amigo mío: “Convéncete, mucho más incómodo que un viaje de seis horas en autobús de línea… Más incómodo que la butaca del cine cuando el pesado de al lado no te deja apoyar el brazo… Más incómodo que el Metro a las siete de la mañana… Más incómodo que hacer el pino… Infinitamente más incómodo que todo eso es vivir con un pie en la Cruz y otro en el sofá; no hay quien lo aguante.”

Efectivamente, en esa postura la Cruz se hace insufrible porque el pie del sofá no deja de recordarnos lo a gusto que estaríamos si nos echáramos a todo lo largo de ese mullido confort y nos dice como acariciándonos: ¡ven, no seas tonto!… Pero entonces, la conciencia tampoco nos deja tranquilos y nos recuerda una y otra vez, que debería lanzarme de una vez por todas a esa aventura de la Cruz, de esa Cruz que besé y abracé tantas veces. En el fondo no es tanto un problema de peso de Cruz, sino de postura. No se trata tanto de cambiar de Cruz, sino de cambiar de postura. ¿Y qué postura es la adecuada? Nos lo dice el Evangelio de hoy:

siéntate a calcular si tienes bastante para construir esa casa por la que suspiras; siéntate a deliberar si puedes vencer esa batalla a la que te has lanzado: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío

Sentarse. Sí, pero sentarse en el banco de una Iglesia, y mirar al Sagrario y pensar un poco y hacer balance de tu vida. ¿Por qué lo paso tan mal? ¿He renunciado o no?… Ven, no tengas miedo, ven conmigo, vamos a decirle al Señor, una vez más, y con toda la fuerza del alma, que ya no quieres nada más que seguir sus pasos, por ese camino encaramado y asombroso del Calvario… Allí está Ella, abrazada del todo a la Cruz: Antes, solo, no podías… -Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!.. (San Josemaría). Ahora puedes; duele, pesa, pero es menos incómodo ¿verdad? Y además tienes paz.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 559 seguidores

%d personas les gusta esto: