De ese gozo que se oculta detrás de las lágrimas

Miércoles, 12 septiembre, 2007

1Cor 7, 25-31; Sal 44; Lc 6,

El otro día me contó un amigo sacerdote de Madrid que en poco tiempo se han sucedido en dos muy buenas familias y ambas de profunda tradición católica la gozosa noticia de dos jóvenes con vocación de contemplativas religiosas. Pero lo curioso o lo patético ha sido la reacción de ambas familias quejándose en el arzobispado y presionando para oponerse a esta decisión e incluso presentando una demanda… Un auténtico fiasco de la vida de fe y de coherencia cristiana de esas familias.

Vamos a ver, existen tres posibles reacciones normales ante este tipo de eventos: por una parte, alguien podría no entender la entrega total de la vida al ideal cristiano, pero al menos sabe que debe respetarla pues es una forma de vida buena avalada por cientos de años en la Iglesia. Alguien podría entender esta vocación pero pensar que no es para ella, que no puede llevar ese tipo de vida y ya está. E incluso, sería posible que alguien envidiara esta vocación y que la deseara para si mismo si fuera posible. Son tres reacciones lógicas. Pero oponerse sistemática y visceralmente con razonadas sin razón a la entrega total de un hijo o una hija, tiene algo que huele mal, algo permítaseme decirlo, diabólico. ¿Qué nos está pasando a los católicos?

Hoy en Evangelio nos recuerda que la pobreza, el hambre, el llanto y el desamor, son los tesoros del cristiano. Junto a ellos, y en una simetría perfecta, sitúa Jesús a sus “parientes ricos”: la riqueza, la saciedad, la risa y la honra. Sin embargo el Señor dice que son bienaventurados quienes acogen a los primeros, y les promete el premio del Cielo; mientras se le quiebra la voz en un “ay” cuando habla de los que han convertido su vida en una búsqueda de consuelos humanos y terrenos.

Conozco el camino del hipócrita, del que quiere nadar y guardar la ropa, del que tiene encendidas dos velas: una a san Miguel y otra al diablo. Y me aterra. Me aterra porque conozco el Calvario del egoísta; quien vive empeñado en “salirse con la suya”, derribando cuanto se interpone entre él y sus deseos, y llevándose por delante a unos y utilizando a otros con tal de conseguirlos, no es feliz en absoluto. Podrá tener de todo, ser muy alabado y provocar envidias; pero no es feliz. No es feliz porque cuanto tiene le parece siempre poco, y porque tiene miedo de perder sus conquistas. Yo sé que ese hombre necesita pastillas para poder dormir. Y, francamente, vivir así para luego perderlo todo en un abrir y cerrar de ojos y presentarse pobre allí donde la única riqueza es Dios y cuanto en Él hayamos guardado por el Amor, se me antoja una grandísima estupidez y cómo entiendo entonces esas palabras del Señor al hombre de la parábola que había atesorado solo bienes materiales: ¡Necio! Esta misma noche te pedirán el alma… ¡Cuántas tentaciones, Señor! ¡Qué cerca estoy y he estado tantas veces de ser ese desgraciado!

Junto a eso, conozco también el gozo que puede ocultarse detrás de las lágrimas, la riqueza en que consiste una pobreza bien abrazada, el modo en que sacia el alma el hambre ofrecida, y el Amor con que somos obsequiados cuando renunciamos a buscar el aprecio y la estima de los hombres.

La felicidad del Cielo es para los que han sabido ser felices aquí en la tierra (cfr. San Josemaría). Los santos han sido los hombres más felices (y eso que tuvieron a menudo grandes sufrimientos y contrariedades). Dios nos llama a disfrutar, aquí en la tierra, de una alegría superior a todo lo humano; y después, en el Cielo… Quiero llegar al Cielo, Señor: ¡ayúdame!

Cuando Isabel llamó a su prima, la Santísima Virgen, bienaventurada, una jovencita pobre, con hambre, con llanto y humillación… no lo decía por consolarla con una esperanza futura, no: ella sabía que tenía ante si a la mujer más feliz del mundo

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