¡Oiga! ¡Mi vida me la planifico yo!

Miércoles, 29 Agosto, 2007

Hoy miércoles que coincide con la memoria del martirio de san Juan Bautista, seguimos con nuestras meditaciones: Jer 1, 17-19; Sal 70; Mc 6, 17-29

Estoy desde el domingo de “vacaciones” en un pueblito de Ávila, y cada día me está resultando más difícil conectarme a Internet; espero poder seguir haciéndolo hasta el sábado cuando regrese a Palencia. Mucho más fácil resulta entrar en contacto con la Palabra de Dios (es decir, con Cristo). ¡Hay tantas y tantas formas de hablar con Él! Conozco, gracias a Dios, muchas personas que tienen la buena costumbre de leer un poco de Evangelio cada día, y lo hacen con verdadero fervor de enamorados; se también de quien, además de leer la Palabra de Dios, la propaga con sus labios; e incluso estoy al tanto de quien, ha llegado a entregar su vida a la contemplación y anuncio de esta Palabra… Y, además, está Juan Bautista.

Juan Bautista regaló su vida a Dios como quien le entrega una carta en blanco con la firma ya puesta: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo“. El para esto había venido: para dar este testimonio.

Toda su vida, desde la concepción hasta la muerte, fue el anuncio y también como imagen de lo que sería la concepción y muerte de Jesús. Toda la existencia de Juan fue como un espejo en el que se reflejaba, por adelantado, lo que sería la vida de Cristo, hacia quien estaba orientada su existencia ya desde el seno materno. Separado de los hombres como Él, célibe como Él, enfrentado a los fariseos y doctores de la Ley como Él. Dedicado durante años a bautizar con agua para anunciar a quien bautizaría con Espíritu Santo. Y cuando Aquel a quien Juan anunciaba se presentó ante los hombres, él, que nunca se había sentido ni había querido ser protagonista de nada, advirtió que su misión estaba cumplida y, enviando a sus discípulos en pos del Cordero, salió discretamente del escenario: “Conviene que Él crezca y que yo mengüe“…. Y murió. Murió como había vivido, anunciando con su sangre a quien por la sangre nos salvaría. Toda su vida estuvo marcada y presidida por esta misión, que le llevó a identificarse plenamente con su Señor, como su verdadero precursor. Esto es precisamente, lo grandioso de su vida y de su muerte.

Por eso, cuando no hace mucho, a alguien le escuché decir en un tono elevado y con cierta indignación: “¡Oiga, no se meta en mi vida! ¡Mi vida me la planifico yo!, pensé: ¿Cuántas veces, Señor, te he dicho yo esto mismo? ¿Dónde estaría yo y qué sería de mi, Señor, si no te hubiera dejado meterte en mi vida? Por eso, hoy, una vez más, en presencia del martirio de Juan el Bautista, y bajo el auxilio de mi Madre del Cielo, quisiera pedirte Señor que me libres de esta tentación de planificar mi vida al margen de tu Voluntad, de esta tontería de querer llenar la carta de mi vida con tantos borrones, cuando Tú, Señor, puedes escribir sobre nuestra existencia entregada palabras tan preciosas. Sí, vuelvo a empezar hoy, mientras repito bajito lo mismo que escucho decir a mi Madre del Cielo: ¡Hágase en mí según tu Palabra!

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