Yo sigo a mi Reina
Miércoles, 22 Agosto, 2007
Seguimos con nuestras meditaciones de los miércoles.
Lecturas de la Misa del Miércoles de la 20 semana TO
Antes de empezar, veamos el significado de algunas palabras de esta parábola del Evangelio: la viña es el Reino de Dios; el trabajo al que somos llamados es la Redención. La plaza representa una vida sin Cristo, allí están los que no tienen trabajo. La paga es la entrada para el banquete del Reino: el Cielo.
Aquellos viñadores que habían sido contratados al comienzo de la jornada se quejan de recibir la misma paga que los que entraron en la viña a última hora. La queja, aunque no fuera justa (pues es verdad que reciben lo convenido), se me antoja “lógica”: pues si advierten al final que podían haber conseguido la misma paga con mucho menos esfuerzo, parece lógico que se lamenten de haber trabajado en vano… De haberlo sabido antes…
Pues bien, ahora plantéate esta pregunta: si te dieran a elegir entre: 1) vivir la vida entera unido a Cristo, y después salvarte, o 2) vivir la vida entera sin Él, y, conociéndole al final de tus días, salvarte igualmente ¿Qué elegirías?
Si has escogido la segunda opción (es decir, si te has identificado con la reacción de los viñadores) siento decirte que me parece que tienes una idea de la fe como algo molesto, fastidioso; algo que tienes que aceptar a cambio de un bien futuro; un renunciar a la felicidad que podrías disfrutar ahora a cambio de ser eternamente feliz en el cielo.
Sin embargo, tengo un amigo que ha escogido la primera opción y dice que no se cambiaría por nadie en este mundo; sabe que podría tener, si quisiera, mucho más de lo que tiene en cuanto a bienes materiales y consuelos sensibles; en ocasiones se le presenta toda una vida distinta, llena de satisfacciones terrenas, y siente que lo tiene al alcance de su mano. Y, entonces, más que decir que no a todo eso, se dedica a decir que sí mil veces mientras mira el Crucifijo; y muchas veces el sí que pronuncia es un grito bañado en lágrimas; un sí que Alguien ha puesto en sus labios, y que es el regalo más grande que jamás ha recibido: sentir el cariño del Señor y de su Madre ya aquí en la tierra.
Leí esto hace poco: “Un poderoso sultán viajaba por el desierto seguido de una larga comitiva que trasportaba su tesoro favorito de oro y piedras preciosas. En el camino, uno de los camellos agotado por el ardiente reverbero de la arena, se desplomó extenuado y el cofre que trasportaba rodó por la falda de la duna, esparciendo todo su contenido de perlas y piedras preciosas, entre la arena. El sultán que no quería aflojar la marcha, invitó a sus pajes y escuderos a recoger las piedras preciosas que pudieran para quedarse con ellas. Mientras, el sultán continúo su viaje por el desierto. Al poco, se dio cuenta de que alguien más le alcanzaba. Se volvió y vio que era uno de los pajes que, sudoroso y jadeante, le seguía. -¿Y tú?, le preguntó el sultán, ¿no te has parado a recoger nada? El joven le respondió con dignidad y orgullo: -Yo sigo a mi Rey.”
Hoy es Santa María Reina ¡Que guapa es mi Reina! ¡Qué hermosura! ¡Qué consuelo, para lo que seguimos a esta Reina, nos estará reservado en el Cielo… y ya aquí en la tierra!


