La humildad de los perrillos
Miércoles, 8 Agosto, 2007
Dos miércoles seguidos con meditación y en verano, a ver si lo consigo.
Num 13,2-3.26-14,1.26-30.34-35; Sal 105; Mt 15,21-28
“No está bien echar a los perros el pan de los hijos”
Hoy nos encontramos con una pobre mujer cananea que atosiga gritando al grupo de los discípulos de Jesús por aquellos caminos para que su hija sea curada por aquel hacedor de milagros, pero sin obtener más respuesta que la aparente indiferencia del Señor. Finalmente, y no sabiendo ya qué hacer, la mujer se adelanta y se pone delante y postrada en el camino corta el paso de Jesús. Y Jesús, entonces, la llama “perro” y le dice que es indigna de lo que está pidiendo… Impresionante ¿verdad? Pero es lo que dice, si quieres vuelve a leerlo ¿Por qué actúa así el Señor? Veamos.
La palabra “perro” era la palabra que usaban los judíos para referirse a los paganos. Ellos, sin embargo, el pueblo escogido, eran los “hijos de Dios“. En fondo lo que Jesús está queriendo decir a esta mujer es: “¿Te das cuenta de que eres indigna de recibir lo que pides?”.
Cuántos cristianos de ahora se acercan a Jesús llenos de soberbia: “Mira que yo soy de los tuyos, que voy a misa y comulgo y rezo”, “¡Tienes que concederme esto!”, “Esto no me lo puedes negar”… Y si Dios no les da lo que piden, entonces se enfadan con Él como se enfadarían con un subordinado desobediente…
No es exáctamente lo mismo pero, me contaron no hace mucho de un padre que había recibido la mala noticia de que su hijo de 5 años tenía una grave enfermedad degenerativa neuro-muscular que terminaría con su vida por asfixia en poco tiempo. La familia decidió ir a un santuario mariano para pedirle a la Virgen que se curase el hermanito. Iban todos rezando el rosario en el coche, pero el padre no rezaba porque estaba enfadado con Dios por lo de su hijo, y aunque no lo quería decir a nadie se notaba algo. Uno de los hijos le preguntó: “papá ¿por qué no rezas?”. “Es que tengo la garganta mala y prefiero no hablar” -dijo. En el santuario tampoco fue a comulgar durante la Misa. Y después, cuando fueron a encender las velas a la Virgen, cada uno decía al depositarla: “Madre: para que se cure el hermanito”… Pero el padre no quiso poner ninguna vela. Entonces para sorpresa de todos el hijo pequeño enfermo, haciendo un gran esfuerzo pues ya le costaba mucho respirar, quiso poner su vela, y jadeante dijo: “Madre: esta velita es para que se cure papa”... En aquel momento, dos lagrimones saltaron de los ojos del padre… ya estaba curado.
Aquella mujer cananea reaccionó bien porque fue consciente de su indignidad. Y, desde ahí, muy humildemente dejó escapar unas conmovedoras palabras: “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Hoy en día hubiera dicho: “Es verdad, Señor, yo soy indigna porque soy pecadora. Pero sé que Tú eres bueno y te compadecerás de mí, porque hasta nosotros, siendo malos, nos compadecemos de un perrillo que, a los pies de la mesa, nos suplica una limosna de pan”... Jesús se emocionó: “Mujer, qué grande es tu fe”. La levantó del suelo y la acarició con un milagro: “que se cumpla lo que deseas”.
Acudiremos a María para pedirle: “Madre: yo quiero ser bueno y fiel pero no puedo, ¡ayúdame! Madre mía, toma mi corazón y hazlo humilde como el tuyo“. Y a ella, Jesús, la escuchará y le dirá: “Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas”.



Lunes, 8 Octubre, 2007 at 7:15 pm
Por mucho tiempo no entendí el significado real de esta enseñanza de Jesús.
Después de leer aquí me quedo muy claro y he quedado maravillada.
Al final la petición que se hace a la Santísima Virgen María es hermosa, como todo lo que en ella contiene. Yo también me uno a esa petición y humildemente le pido a la virgencita me conceda un corazón humilde .
Un abrazo fraterno.
Liz