La mirada de alegría
Miércoles, 1 Agosto, 2007
Después de un tiempo volvemos con nuestras meditaciones de los miércoles. No, no se me había olvidado.
Jer 15, 10.16-21; Sal 58; Mt 13,44-45
No sé cómo andaréis por el hemisferio sur. Quizá en Argentina hasta haya podido nevar… Pero lo que es aquí, en España, ha empezado este mes de agosto a hacer un calor “de morirse“. Os propongo un pequeño experimento sociológico: prestad atención al primer minuto de cualquier conversación, y descubriréis que, infaliblemente, aparece la expresión: “¡Qué calor!”. Otro fenómeno social interesante de estos días es comprobar como las aceras soleadas están desiertas, y por las de sombra se amontonan los peatones… Y ¿por qué –te preguntarás- este repentino interés de experimentación social? Es tan solo, que estos calores me traen a la memoria una admirable habilidad cristiana: la mortificación.
Nos habla hoy el evangelio de aquel tesoro escondido en el campo. Quien lo encuentra, “lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”.
Y me surge una inevitable pregunta: ¿por qué en los cristianos no se cumple esta parábola? Se supone que hemos encontrado el tesoro: Cristo. Se supone que hemos dicho que sí, en nuestras promesas bautismales, que estamos dispuestos a venderlo todo porque sabemos que vale la pena. Y resulta que cuando nos toca desengancharnos de algún consuelo sensible por amor al Señor, nos quedamos como mustios y ponemos cara de cordero degollado. Y en lugar de hacerlo, como se dice en la parábola “llenos de alegría“, nos quejamos porque pensamos que se nos pide demasiado, y en vez de mostrar a los demás el rostro feliz de quien ha encontrado un tesoro, caminamos por el mundo a veces con cara de quien parece haber encontrado o contraído más bien una enfermedad.
Me parece que la causa de esta actitud radica en dar más importancia a lo que dejamos que a lo que adquirimos; en dirigir más nuestra mirada a la oscuridad de nuestro desamparo que a la luz con que a cambio nos enciende Dios; en fijarnos más en lo negativo, aunque pequeño, que en lo positivo, que es enormemente mayor.
Una vez me dijo Fernando, el sacerdote del que te hable: “¿Te has fijado cómo, en la más diminuta partícula de la Sagrada Hostia, se encuentra Cristo entero y verdadero? Pues, del mismo modo, en el más pequeño sacrificio del cristiano que vive en gracia de Dios se encuentra toda la Pasión del Señor. Por gracia del misterio de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, ese pequeño sacrificio es llevado hasta el altar de la Eucaristía, y allí se asocia indisolublemente al gran Sacrificio de la Redención”. ¡Qué bonito es esto! ¡Grande y gozoso misterio es este!.
Te propongo para estos días de calor ofrecer “lleno de alegría” una pequeña mortificación: el no quejarte de nada. Por el contrario, habla de lo positivo, procura que tus palabras sean de aliento y de esperanza. El calor, los disgustos, los sudores y los cansancios, los dejaremos silenciosamente en el altar.
¡Madre mía: abre los ojos de mi fe! ¡Infúndeles la luz de las promesas de Jesús, para que yo, como aquel hombre de la parábola, lo venda todo “lleno de alegría”.



Miércoles, 1 Agosto, 2007 at 7:05 pm
Un saludo para ese sacerdote tangente que recorre los valles de benavente con entusiasmo y pasión. Yo también le sigo. Pendiente un mail.
¡Un abrazo desde las murallas abulenses!