La silla
Jueves, 31 Mayo, 2007

Llegó muy nerviosa a la iglesia para pedir al sacerdote que fuera a atender a su padre que estaba en casa muy enfermo y ya pronto moriría. El sacerdote fue y encontró al enfermo en su cama con la cabeza levantada por un par de almohadones y una silla al lado de la cama, por lo que pensó que le estaría esperando: “Buenos días, ¿cómo se encuentra? supongo que me estaba esperando”, le dijo. “No, no sabía nada, ¿quién le ha llamado?”, dijo el hombre. “Su hija me ha pedido que viniera a atenderle. Cuando vi la silla vacía al lado de su cama supuse que usted sabía que vendría a verlo”. “¡Ah sí, la silla!”, dijo el hombre enfermo. “¿Le importa cerrar la puerta?”.
El sacerdote, sorprendido, la cerró. “Nunca le he dicho esto a nadie antes, pero pienso que a usted se lo puedo contar… ¿Sabe? Siempre me ha costado hacer oración, hasta que hace unos cuatro meses, me di cuenta de que es como tener una conversación con Jesús. Así que mandé poner esta silla vacía enfrente de mi y con fe miro a Jesús que sentado en ella escucha pacientemente lo que le digo, a veces tengo conversaciones de dos horas con Él… ¿Le parece a usted mal esto que hago?”, preguntó al sacerdote. “No, no me parece mal, al revés, me parece muy bien”, -respondió sensiblemente emocionado el sacerdote. Tras confesarle y ungirle con los santos oleos se fue a su parroquia.
Dos días después, la hija fue a la iglesia de nuevo para decirle al sacerdote que su padre había muerto. Ella algo nerviosa y como costándole añadió: “Mire tengo una inquietud, no se lo he dicho a nadie, pero ocurrió algo especial. Cuando le encontré por la mañana ya muerto, estaba en una posición extraña, estaba como abrazado a una silla que quería tener siempre a su lado, como recostado sobre ella ¿no le parece curioso? ¿Qué significará esto?” El sacerdote con los ojos llorosos por la emoción, le dijo: “No, no se preocupe por eso, su padre ha muerto muy bien, ha muerto en muy buenas manos, no se preocupe, ojalá todos nos pudiésemos ir de esa manera”.


