El partido de la final

Lunes, 14 mayo, 2007

Aquel muchacho vivía solo con su padre. Tenían entre ellos una relación extraordinaria, muy especial. Aquel muchacho además formaba parte del equipo de fútbol de su colegio.
Casi nunca le sacaban a jugar porque era el más bajito del curso y no tenía mucha fuerza. Entre los compañeros del equipo era conocido por “el calienta banquillo”. Su padre siempre le recordaba que no tenía porqué jugar sino quería… Pero su hijo disfrutaba tanto con el fútbol que no faltaba a ningún entrenamiento ni a ningún partido.

Al comenzar en la universidad tuvo que irse a otra ciudad dejando solo a su padre en su casa. Nada más llegar intentó entrar en el equipo de la universidad. Todos sus amigos estaban convencidos de que no lo conseguiría… Pero se equivocaron. El entrenador dio la noticia a todos: había sido admitido en el equipo por su tesón, por cómo había perseverado poniendo todo su corazón y su alma en cada uno de los entrenamientos y por cómo animaba a todo el equipo. La noticia le llenó de alegría y corrió al teléfono más próximo para comunicárselo a su padre… Le enviaría todas las entradas para todos los partidos… Pero su padre le explicó que no podría asistir a todos los partidos por la gran distancia que los separaba pero le prometía ir al partido de la final porque estaba seguro de que la jugaría y la ganaría. Los dos rieron emocionados.
La liga universitaria empezó. E
l muchacho nunca faltó a ningún entrenamiento ni a un partido en todo el año académico -que cursaba brillantemente-, aunque nunca tuvo oportunidad de jugar.
El fin de semana previo a la final llegó un telegrama urgente para el muchacho: su padre había muerto repentinamente por un infarto de miocardio. Cuando se lo comunicó tembloroso al entrenador este le dijo que fuera al funeral y que no era necesario que viniera a la final que descansara en esos días. Los compañeros lo sintieron mucho por él.
Cuando llegó el día de la final, se presentó el muchacho ya empezado el partido y calladamente entró en el vestuario y se puso el uniforme del equipo y corrió hasta donde estaba el entrenador, que se sorprendió de verle allí. “Entrenador por favor, permítame jugar… ¡yo tengo que jugar hoy!”, imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle: de ninguna manera podía permitir que su peor jugador entrara en un momento tan delicado del partido. Pero insistió tanto, que finalmente sintiendo lástima lo dejo: “Bien hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo”.

Minutos después el entrenador, el equipo y el público, no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había jugado antes, estaba haciendo un juego que podríamos definir como “brillante”. Nadie podía detenerlo, era el de siempre pero corría mejor, más fácilmente. Su equipo logró empatar. Y en los últimos segundos y gracias a un centro suyo se consiguió el gol de la victoria. La gente que estaba en las gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó en hombros por todo el campo.

Cuando todo terminó, el entrenador le dijo: “Has jugado hoy mejor que nunca, y precisamente el día en que tu padre no podía venir a verte jugar la final, ¡lo siento!… El joven miró sonriendo al entrenador y le dijo: “Usted sabe que mi padre murió… y que me prometió que vendría a verme jugar la final y que la ganaríamos ¿verdad?… Pero lo que no sabe es que mi padre era ciego. Hoy era la primera vez que podía verme jugar… él me prometió que asistiría y que ganaríamos y yo quise demostrarle que sí podíamos hacerlo

Si fuéramos solo un poco más conscientes de que Nuestro Padre Dios nos está viendo hoy desde el cielo, nuestro juego sería distinto, seríamos el de siempre, si, pero jugaríamos de otro modo…, jugaríamos mejor.

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