Autencidad de vida

Martes, 8 mayo, 2007

Todos solemos contemplar con admiración a las personas, las familias o las instituciones cuando vemos que tienen principios sólidos y hacen bien las cosas. Nos admira su fuerza, su prestigio o su madurez, y habitualmente nos preguntamos: ¿Cómo lo logran? A mi también me gustaría hacerlo así. Lo malo es que muchas veces al intentarlo buscamos una solución rápida, una especie de receta milagrosa a nuestros problemas, como si se tratara de una especie de cuestión de “cosmética de los valores“.

La sencilla observación de las labores del campo nos permite deducir el error de estos planteamientos. De la misma manera que sería ridículo olvidarse de sembrar en primavera, holgazanear luego durante todo el verano, y pretender al final acudir afanosamente en otoño a recoger la cosecha… Por la misma razón, no se puede pretender cosechar una vida lograda sin haber puesto previamente los medios necesarios. El campo, como la vida humana, es un sistema natural. Uno hace el esfuerzo, el proceso natural sigue su curso y -aunque el proceso esté expuesto a incertidumbres- lo normal es que se coseche lo que se siembra. Y, algo evidente, es que si no se siembra, si el campo no se trabaja, lo normal es que no se recojan más que malas hierbas.

Todos hemos conocido personas que presentaban una imagen exterior de cierta categoría, y que han logrado incluso un considerable reconocimiento social de sus supuestos talentos, pero que como carecían en su vida privada de una verdadera calidad humana, antes o después, y de modo inevitable, esa mezquindad personal se ha traslucido también en su vida social y en todas sus relaciones personales prolongadas. Si no hay una integridad personal profunda y un carácter bien formado, tarde o temprano los desafíos de la vida sacan a la superficie los verdaderos motivos, y el fracaso de las relaciones humanas acaba imponiéndose sobre el efímero triunfo anterior.

En la mayoría de las relaciones humanas breves, se puede salir del paso mediante técnicas superficiales que dan resultado a corto plazo. Y ciertamente se puede lograr producir una impresión favorable en otras personas mediante el encanto y la habilidad personales, o mediante cualquier técnica de persuasión, pero esos rasgos secundarios no tienen ningún valor en las relaciones personales prolongadas.

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Aquel mecánico

Martes, 8 mayo, 2007

El coche viejo se paraba a cada instante, jadeando. Venían mecánicos de este taller, del otro, pero nada. Unos le daban golpes aquí, otros allá, tirones bruscos, palabras soeces, sudor vacío. Y aquel coche viejo seguía igual. Con mucha dificultad conseguimos llevarlo a un taller que nos dijeron que era muy bueno, a la salida del pueblo.

Salio despacio un hombre alto, sonriendo. Se llegó seguro al coche, levantó con precisión la cubierta del motor y miró dentro de él con inteligencia. Lo acariciaba como si fuera un ser vivo. Le dio un toquecito aquí y otro allá, y un último en el secreto encontrado y volvió a cerrar con ritmo y medida completos.

“El coche no tiene nada –dijo-. Pueden ustedes ir con él hasta donde quieran”. “Pero ¿no tenía nada? ¡Si lo han dejado por imposible tres mecánicos!” Le dijimos. “Nada” –afirmó- “Es que lo han tratado mal; a los coches hay que tratarlos con cuidado, y estos coches antiguos –no dijo viejos- necesitan también su mimo”.

Cuando dimos la vuelta y tomamos la carretera, felices por obra y gracia del buen mecánico, allí estaba él, azul en la gran puerta, las manos a la cintura acompañando al coche con firme complacencia.

Aquel mecánico tenía algo que en este tiempo escasea, tenía esa delicadeza característica de cirujanos, de orfebres sagrados o de madre, en el pleno ajetrear de los trabajos y los días. Aquel hombre alto, lleno, sonriendo dueño de si, sabía que el trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Aquel mecánico era un contemplativo.

Una última observación aquel mecánico no dijo coche viejo sino coche antiguo ¿Cuál es la diferencia? Viejo es lo que se deteriora y pierde valor; antiguo es aquello que, con el paso del tiempo, mejora y adquiere valor. Aquel hombre sabía mirar con amor, y es que si el amor hablara, podría hacer suyas estas palabras del Apocalipsis: he aquí que hago nuevas todas las cosas (Ap 21,5). Ojalá que en este tiempo pascual en el que nos disponemos a recibir al “Gran Mecánico”, el Espíritu Santo, pueda decir viendo nuestra buena disposición: he aquí que hago (en ti) nuevas todas las cosas.

 

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