Serenidad y dominio propio

Viernes, 20 abril, 2007

Cuentan que ciertas tribus africanas emplean un curioso sistema para cazar monos. Atan a un árbol una bolsa de piel llena de arroz, que, según parece, es la comida favorita de determinados monos. En la bolsa hacen un agujero pequeño, para que pase muy justa la mano del primate. El pobre animal sube al árbol, mete la mano en la bolsa y la llena de la codiciada comida. La trampa viene cuando ve que no puede sacar la mano, estando como está abultada por el grueso puñado de arroz. Entonces los nativos aprovechan la situación para apresarlo porque, y esto es lo asombroso, el pobre macaco grita, salta, se retuerce…, pero no se le ocurre abrir la mano y soltar el botín, con lo que quedaría inmediatamente a salvo.

Creo que, salvando las distancias con este pintoresco ejemplo, a los hombres nos puede pasar muchas veces algo parecido. Quizá nos sentimos aprisionados por cosas que valen muy poco, pero ni se nos pasa por la cabeza abandonarlas para poder ponernos a salvo, quizá porque nos falta dominio propio y estamos -igual que ese pobre mono- como cegados, impedidos para razonar.

Por el contrario, el hombre sereno y que se domina a sí mismo irradia de todo su ser tal ascendiente que sin apenas esfuerzo consigue tranquilizar y echar por tierra las inquietudes y temores de quienes están a su alrededor.

No son rasgos del carácter fáciles de adquirir, ciertamente, pero son tan difíciles como importantes. Lo que esta en juego en el fondo es nuestra capacidad para otorgar a la inteligencia y a la voluntad el señorío sobre los actos todos de nuestra vida.

 

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