La sencillez

Lunes, 9 abril, 2007

Hay un dicho de la sabiduría de la antigua China que dice que cuanto menos intenciones tenemos más poderosos somos; el mayor poder sería la plena libertad de intenciones. Que el hombre moderno consigue muchas cosas no lo negarían estos maestros de aquella vieja sabiduría pero dirían que la mayor parte de los que son así se quedan en el dominio de lo superficial y pasan de largo ante aquello de lo que se trata realmente.

Hay un tipo de relaciones que podríamos denominar esenciales, relaciones entre un yo y un tú. En ellas deben apartarse las intenciones. Estas relaciones descansan sobre el encuentro sencillo, auténtico, y, si aquí, la intención o el interés determinan la actitud, entonces, todo se falsifica.

Existe un fundamento en el cual y sólo a partir de él se hace posible lo grandioso humano: la auténtica amistad, el auténtico amor, la clara lealtad en el trabajo, el servicio limpio en la necesidad… Ese fundamento es sencillez. Y, si aquí, la doblez o el interés o la complicación adquieren el dominio de la situación, todo se echa a perder.

Existe una fuerza arrolladora que viene de la autenticidad de la vida misma, de la sinceridad del pensamiento, de la rectitud del obrar, de la pureza de la disposición del ánimo… Esa fuerza es sencillez.

Naturalmente que todo actuar tiene un objetivo que ha de ser alcanzado, pues si no sería el caos. El hombre ha de saber lo que quiere, pues si no se deshace la acción. Somos seres intencionales: siempre tenemos una meta y ordenamos la acción hacia ella. Pero es algo muy diferente cuando al actuar no me dirijo sencillamente hacia la otra persona o asunto, sino que al actuar me busco a mí mismo, y quiero cobrarme algo, y busco ventajas… Entonces me desvío hacia una intención de provecho y éxito, y corro ya al margen de la situación… Entonces debo advertir que necesito sencillez, la necesito porque sólo de ella surgirá la auténtica obra, la auténtica relación. La necesito porque solo de ella puede surgir algo grande, liberador y solo así podré enriquecerme interiormente, verdaderamente.

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